HISTORIAS URBANAS: La vida desde un balcón en cuarentena…

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Desde que se decretó el aislamiento social, preventivo y obligatorio, varias son las realidades que vive cada ser humano. Tan variadas como personas, ya que cada uno debe cumplirlo en su medio, haciendo de su espacio un lugar donde poder vivir y resistir las 24 horas del día, salvo contadas excepciones.

No es lo mismo un patio con algo verde, un par de plantas y un pedazo de cielo, que el «aire libre» de un balcón. Y acá en Gálvez, si bien no son muchos, se levanta algún que otro edificio donde el tan deseado espacio libre no supera los tres o cuatro metros cuadrados.

En una de las torres más altas de la ciudad, una mole de cemento de 12 pisos, el ocupante del décimo hace más de una hora que pedalea -y a juzgar por el tiempo- ya podría estar llegando a alguno de los pueblos cercanos. Justo en el piso de abajo una mujer parece estar doblando ropa, sin dejar de escudriñar a sus costados y estirando el ojo para llegar a la calle, aunque desde esa altura no es fácil definir detalles. Bajando unos metros, un muchacho al que seguramente le está sobrando el tiempo como a casi todos, no se cansa de pasar el piso bajo la atenta mirada de un niño, que también cumple con su cuarentena.

Una hamaca paraguaya estratégicamente ubicada, es capaz de transportar al vecino del quinto a un lugar paradisíaco. En el silencio de las calles vacías retumba la voz de la vecina del 4to., que habla con alguien en la vereda y le cuenta los días que hace que no sale, cumpliendo con el deber de buena ciudadana.

Son postales, flashes, instantáneas de una forma de vida a la que por una temporada nos tenemos que acomodar. Todos con un mismo deseo, que ésto pase, sea sólo un recuerdo y nos deje a chicos y grandes, a creyentes y ateos, en fin, a toda la humanidad, un aprendizaje ejemplificador…

 

 

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