En la actualidad, el discurso de la Psicología atraviesa la vida cotidiana de manera tal que todos hemos oído y utilizado términos propios de ella. Hoy quiero poner el énfasis en dos de ellos que comúnmente utilizamos. Los expongo juntos, dado que muchas veces se confunden o son tomados como sinónimos.

La Ansiedad es una respuesta fisiológica de anticipación involuntaria frente a estímulos externos o internos que se perciben como peligrosos o amenazantes. Vamos por parte. Es una reacción que podríamos pensar como una alarma que al sonar, despierta el funcionamiento de distintos órganos del cuerpo humano, produciendo manifestaciones físicas como tensión, agitación, palpitaciones, sudoración, entre otras y que ocurre de forma automática a la percepción del estímulo. Este último puede ser proveniente del entorno u originarse desde adentro, siendo entonces pensamientos, imágenes, sensaciones, etc. Y a su vez, este estímulo debe estar siendo calificado por el sujeto como inminentemente negativo o perjudicial para sí.

Dicho esto, la ansiedad parece ser algo completamente saludable, ya que nos permite activar el organismo y generar un plan de acción determinado frente a un claro riesgo. El problema surge cuando la reacción ansiosa se vuelve desmesurada en relación a la peligrosidad del estímulo o comienza a trasladarse a otras situaciones y ámbitos de la vida de modo que tiñen la personalidad en su conjunto. Así, la persona reacciona ante un insecto, una imagen mental o una caricia de la misma forma que lo haría ante un edificio en llamas o la presencia de un cocodrilo a un metro de distancia. Aún más, esto es lo que ocurre en muchos casos de Trastornos Sexuales pero lo dejaré para una publicación específica de aquellos.

El Estrés también supone una activación del organismo a nivel fisiológico pero como resultado de una valoración entre la demanda externa y las herramientas de la persona para enfrentarla. Lo que ocurre aquí es que, ante una exigencia del entorno que supone incrementar el rendimiento físico y/o mental, el proceso denominado estrés requerirá activar todos los sistemas necesarios para cumplir con la tarea que urge. Tal es el caso de una actividad laboral o un problema familiar que implicará una demanda para que la persona resuelva un hecho específico, debiendo incrementar su atención, percepción, desgaste físico, búsqueda de soluciones efectivas, etc. Así, al igual que en la ansiedad, una cierta cuota de estrés es saludable ya que magnifica el rendimiento del ser humano pero los trastornos se inician cuando las situaciones de tensión se sostienen tanto tiempo que el organismo deja de tolerarlo y comienza a mostrar signos de desborde físico o emocional.

La diferencia fundamental es que en el caso del estrés es indispensable un estresor, una situación que demande la dedicación de la persona, cosa que no siempre ocurre en la respuesta de Ansiedad.

El motivo por el cual se tiene a confundir estos términos es que la ansiedad puede formar parte del estrés, como un síntoma dentro del desajuste que ocurre cuando las exigencias externas superan al individuo y sus recursos para enfrentar la situación. Ante la imposibilidad de hacer frente al estresor, el individuo comienza a sentirlo como amenazante, un riesgo para su integridad física o mental, y pone en marcha el mecanismo de defensa ante los peligros: la ansiedad.

Otro aspecto a tener en cuenta es que, ante una misma situación peligrosa o estresante, distintas personas pueden reaccionar de modo diferente. Habrá quienes podrán activar respuestas saludables para resolver el conflicto y habrá quienes reaccionen con modalidades patológicas. Muchas veces la diferencia recae en la personalidad de los sujetos y los recursos que haya ido construyendo y adoptando a lo largo de su vida. Con sólo imaginar un par de personas de nuestro entorno podremos distinguir que hay quienes “se toman las cosas con calma” y otros que “se ahogan en un vaso de agua”. Esto tiene que ver con una base psicológica, según quienes logran ser más relajados, en rasgos generales, y los naturalmente ansiosos. En el transcurso de la vida cada uno ha aprendido o no a afrontar las adversidades y a hacerlo de tal o cual manera. Por ello, cuando un individuo cuenta con modalidades patológicas de reacción o se ve en situaciones que ya no puede controlar con los recursos que cuenta, lo aconsejable es el inicio de un proceso terapéutico para reeducar sus emociones y respuestas, previniendo mayores complicaciones para la salud física o mental. Recordemos que tanto la ansiedad como el estrés suponen un desbalance fisiológico en el organismo, por lo tanto, su incidencia en lo corporal puede ser muy alta, convirtiéndose en ocasiones en detonantes de severas enfermedades agudas, crónicas o trastornos psíquicos.

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Los espero el próximo miércoles con “Sexualidad y embarazo”.

Ps. Renata Gianetta – M. 2004

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