Después de tres meses, tenemos noticias de Lucía Quiroga, la galvense que misiona en Brasil. Agradecemos a su papá Hugo, quien comparte con nosotros y con nuestros lectores, una nueva carta de la joven…

 


 

Fazenda do Natal                                                                                                                                                                                                        Carta nº 4 Salvador de Bahía – Brasil                                                                                                                                                                      05 de marzo del 2018 Lucía Quiroga

 

“El peregrino es alguien que busca. Se pone en camino detrás de una esperanza. Cree que hay para él un lugar en el mundo, y lo busca, aún sin saber bien qué es lo que lo empuja o lo atrae. Es un hombre que ama la vida y quiere vivirla con un “para qué”. Al ponerse en camino se expone a que el Dios de la vida le cambie el “para qué” de su existencia. Es un riesgo que a la vez que lo desea, quizás también le teme. Por eso busca unirse a otros, para corajear”.

Mamerto Menapace

 

Mi querida gente:

Espero que hayan pasado unas lindas fiestas, y comenzado este año ¡con mucha alegría y paz! Perdón por haber demorado tanto en hacerles llegar noticias de Brasil, ¿qué decirles? No me voy a justificar, estuve muy vaga para escribir, ¡perdón nuevamente!

Por aquí el Niño Jesús llegó en medio de la noche oscura de mi corazón, su presencia pequeñita, humilde y silenciosa, llenó de sentido mis recuerdos, anhelos y nostalgia, y así la Navidad llenó de vida este dolor. Hace unos meses llegaron de visita los papás de Débora, otra amiga de los niños santafesina. Ellos me hicieron llegar algunos regalitos y cartas. Andaba leyendo una carta tras otra, cuando en el Punto Corazón me golpean la ventana (he pasado una semana allí para ayudar a la comunidad porque varios voluntarios tenían compromisos afuera). Casi que no atiendo, la tarde estaba terminando, volvíamos de una jornada diocesana en un pueblo cercano, estábamos cansados y la tentación de quedarme calladita en mi rincón nostálgico después de semejante día, fue grande, aunque la vocecita de Vitoria fue mayor. Me asomo y ahí andaba ella buscando presencia, pero claro que a esa hora el Punto Corazón estaba más para cerrar que para abrir.

A Vitoria le entiendo una o dos palabras, para ella los voluntarios tienen más o menos el mismo nombre, y retiene poca cosa, pero se hace entender como ella sola. Con el balbuceo que largó, comprendí que preguntaba por Débora (Debo acababa de salir con la familia). Después preguntó por Florencia, por Carolina, por Arnaud, por cada uno. Como era casi de noche, intenté mandarla para su casa pero tocó el punto justo de la compasión: “¿Y Jesús?” – preguntó. Eso le salió clarito. Sorprendida y más conmovida todavía, le dije que claro, que Él estaba aquí: “¡Él no se muda!”.

Si hay algo que hace especial una casa Puntos Corazón, es la Presencia que la habita. Sólo Él permanece, nosotros somos pasajeros. ¡Y yo no pude negarlo! ¡No debía negarlo! Escogió vivir en el corazón de este barrio para que nenes como Vitoria se sientan abrigados al comenzar la noche; para que mujeres como Irene le confiesen sus dolores y miserias; o Nía, para que le ruegue por la salud de sus hijos; y así ¡tantos otros! Pero también para mí (¡para mí!), ¿quién soy yo para dormir en el cuarto de al lado? Ese día no había hecho Adoración, y fue Vitoria la que me regaló en esa tarde/noche de noviembre una de las horas más lindas. Después de adorar juntas, la despedí dándole las gracias por haber sido tan insistente.

 

Omnia possum in Eos qui me confortat (Todo lo puedo en Cristo que me fortalece)

 

Me gustaría contarles también lo cuidada que me siento en la Fazenda. Tengo un angelito menudo y bajito que no me pierde ni la sombra. Tenemos una conexión especial, algo muy profundo nos une. Nos gusta estar juntos, compartir cosas sencillas con gran alegría, y sólo bastan las miradas para entendernos.

Él sabe bien cuando estoy enojada, cuando estoy en medio de una crisis de melancolía o cuando me levanto alegre. ¡Su compañía es tan justa! Estoy pensando que después de Jesús, nadie aquí me conoce como él. Muchas veces juega a ser pequeño, le da miedo crecer. Se niega a asumir la independencia que le llegó de sopetón con la partida de sus padres; y esa es también para mí, la parte más difícil. Necesité la mirada de otros, para tener una postura que lo ayude de verdad.

 

“El único valor de la vida es aceptar, adherir. Adherir a Aquél al cual pertenecemos. El dolor comienza a afirmarse porque el dolor existe sólo cuando se tiene un amor”. – Don Giussani

 

Mi ángel de 11 años se llama Mesaque. Es uno de los hermanos menores de Paloma, ¿se acuerdan? Les conté de ellos en la carta anterior. Sucedió que Sandoval no aguantó vivir lejos de sus costumbres de ciudad, lejos de su barrio, y un día con su mujer e hijo menor juntaron sus pocas cosas y salieron. Fue un paseo de una tarde que duró dos meses. Nunca volvieron. Ese fin de semana yo me había ido de descanso y lo primero que encontré al volver fueron los ojos perdidos de dolor de Mesaque -nunca voy a olvidarme de esa mirada-. De los tres hermanos es el único consciente del abandono, y desde ahí no pude soltarlo. Quise protegerlo como nunca antes había sido protegido y amarlo como nunca antes lo habían amado.

Mesaque vino a vivir a “Santa Teresinha” y a habitar fuertemente mi corazón y oración. Era uno de esos días en que la Navidad se iba acercando y la melancolía se me hacía insostenible. Terminaba la Misa por la noche y ahí no aguanté más. Como cuando rebalsa un líquido en un pequeño vaso, como si el contenido de toda esta experiencia sería mayor que la vasija que intenta acoger todo lo que llega, me descargué en lágrimas (pero no de tristeza, ¡el sentimiento es otro!). Así fue que traté de esconderme en la Capilla, cuando sentí unos bracitos que me contuvieron. Ahí nomás me acurruqué, cual hija en los brazos de su padre y lloramos juntos y abrazados hasta que nos dejamos vaciar. Compartimos el mismo sentimiento. Él extraña mucho a su familia, especialmente a su hermanito, y veo ¡qué frágil soy! Las personas que lloro, son aquellas que me esperan, yo tengo donde volver. La diferencia es que Mesaque llora por aquellos que lo abandonaron. No tiene donde ir, no sé si tendrá. “No hay debilidad que resista delante de la fuerza de Aquel que nos llamó: – Tú me llamaste, tú me llevarás hasta el final”.

A veces tengo la tentación de pensar qué sentido tiene hacer este esfuerzo, si ni yo ni nadie puede ofrecerle un camino seguro. Después de todo, nosotros también hemos llegado solos al mundo, y “se hace camino al andar”. No sé si la vida de Mesaque va a cambiar, no sé si pude ayudarlo, pero no dudo de que ¡él cambió la mía para siempre!.

 

“La Fe es un acto del intelecto que capta la presencia de algo que la razón no sabría captar, pero que debe afirmar. Caso contrario se eliminaría algo que existe dentro de la experiencia, que la experiencia indica, innegablemente existe, es inexplicable pero existe. Obligatoriamente hay en mi vida una capacidad de entender, de conocer un nivel de la realidad que es mayor al común, y soy obligada por la razón a admitirlo. Si no lo admitiera, no afirmaría todos los factores que componen mi experiencia. Eso es el núcleo que sustenta la concepción del concimiento de la realidad desde el punto de vista cristiano”. Don Giussani

 

Un día de estos en Adoración, me conmoví tanto, sentí una vez más tanta gratitud, y ahí me di cuenta la verdad que existe en cada vida. Como dice Drexler: “Toda la gloria es nada, toda Vida es SAGRADA”. Cuantas veces me pregunté por qué tantas mujeres tienen tantos hijos sin condiciones de tenerlos, como es posible que no eviten semejantes “problemas”. Y resulta que esos hijos que sobraban en el mundo fueron a parar a una granja perdida en medio de un monte brasileiro. Y así llegó un chico que no puede hacer nada solo; llegaron tres niños totalmente perturbados, dolores de cabeza para muchos, que hablaban a los gritos y a quienes había que soportarles hasta el olor porque nunca supieron como bañarse; llegaron hijos de una mujer con discapacidad, que si la hubiese visto en aquel momento sola y al cuidado de un bebito, me hubiese agarrado la cabeza preguntándole a Dios por que permite tales dramas. Como me cuesta tener la mirada de María y quedarme de pie frente a la cruz. ¡Como quiero evitar esas tensiones del mundo! Y justamente son esas vidas, aquellas que el mundo abortaría, las que han iluminado hogares vacíos, las que me han hecho nacer de nuevo. Tantas veces le he pedido a Jesús cantando en mi parroquia: “Déjame nacer de nuevo, Señor”.

Porque esos inconvenientes y tensiones del mundo tienen nombre y apellido: se llaman Diego, Mesaque, Saraque, Paloma, se llaman Irene, Ma. Vitoria, Gabriel, Aparecida, y tantos, tantos otros que no he conocido, pero que existen; y más que nunca voy a conocer porque no le hemos permitido tener un nombre, ni siquiera un aliento de vida. A todos ellos les debo mi gratitud. Ojalá la misericordia de Dios haga santos a muchos, por el sacrificio de los Santos Inocentes de nuestros tiempos. Como regalito de esperanza adelantado en esta Cuaresma, les dejo fotitos de nuestra Paloma, que con su sonrisa nos hace volar a todos. Ahora está viviendo en la Fazenda con un matrimonio francés que está esperando un bebé, y ella está súper preparada para convertirse en hermana mayor.

¡GRACIAS POR SER MI SUSTENTO CADA DÍA!

Con cariño,

                                                                  Lucía